En Bruselas, donde el networking es moneda de cambio, el Chapter de Deusto no es un club social: es un escudo contra la soledad del expatriado y un trampolín para quien llega con ambición. Esta ciudad puede ser despiadada: te exige dominar tres idiomas, entender el lenguaje de las instituciones, y aguantar jornadas de 12 horas mientras ves cómo tu vida social se reduce a cenas con compañeros. Ahí es donde Deusto debe marcar la diferencia porque no se trata solo de organizar eventos, sino de crear una red de apoyo real.
Descargo de responsabilidad
Las opiniones de este artículo, incluyendo aquellas en las preguntas marcadas con asterisco (*), son personales y no tienen por qué representar la postura oficial de la Comisión Europea.*
Guillermo, empecemos por el origen. Si tuvieras que resumir tu paso por la Universidad de Deusto en una idea o aprendizaje que todavía te acompaña hoy, ¿cuál sería?
El compás moral no es un adorno: es el motor que impulsa el cambio. En Deusto aprendí a analizar balances, diseñar procesos industriales y a descubrir que la excelencia técnica carece de sentido si no está al servicio del bien común. Hoy, cuando contribuyo a decisiones que afectan a 450 millones de europeos, desde la descarbonización del transporte aéreo hasta la modernización de los cielos del continente, lo hago con una brújula forjada en Bilbao: ¿Esto mejora la vida de las personas? ¿Ayuda a la competitividad de nuestras empresas? ¿Fortalece la Unión y a su futuro? La Universidad me enseñó que Europa no es un mercado, sino un contrato social. Y ese contrato exige sacrificar el cortoplacismo por la sostenibilidad, el individualismo por la cohesión. Deusto me dio las herramientas y la ética para utilizarlas bien.
Tu carrera te ha llevado a Bruselas, uno de los principales centros de decisión de Europa. ¿Cómo fue ese camino desde Deusto hasta terminar trabajando allí?
Bruselas no fue un destino, sino una consecuencia lógica de una visión: entender cómo se construye el futuro y como hacer que los cambios perduren. Con 12 años, devoraba libros sobre la Transición española porque me fascinaba cómo nuestros abuelos y nuestros padres eligieron el diálogo sobre la fractura. La elección de Barack Obama en 2008 fue mi click generacional: vi cómo un líder podía convertir el optimismo de un slogan, «yes, we can», en una fuerza que electrificaba a una sociedad que necesitaba un líder en sus peores momentos. Pero Europa, con su laberinto de instituciones y poder silencioso, me atraía aún más: aquí se deciden la mayoría de las leyes que rigen nuestra vida en Bilbao, desde los fondos que nos proporcionaron un Metro a la vanguardia de la técnica y que iban a revitalizar Zorrotzaurre hasta las normas que limpiaba el aire que respiro o que nos aseguran que el sistema financiero esté en condiciones de sostener nuestro crecimiento. Mi ambición me llevo de Deusto al College of Europe donde aprendí que la UE no es solo una maquina normativa sino geopolítica con rostro humano. Tuve la suerte de poder trabajar dos años en el Banco Central Europeo en Fráncfort donde entendí que la estabilidad financiera y la política monetaria, que suenan extremadamente serias y lejanas de la vida cotidiana, son la base sobre la que se generan inversiones que transforman nuestro futuro. Cuando llegué a la Comisión en 2022, tenía una negociación política de gran envergadura sobre la mesa, la descarbonización de la aviación. Algo me dijo, que había llegado al lugar donde siempre había querido estar. Estaba en mi elemento. En la fuente de las ideas, del debate, del entendimiento, la negociación y la estrategia. Supe al instante que este era mi sitio.
Bruselas es una ciudad muy singular, donde conviven instituciones europeas, empresas, organizaciones internacionales y profesionales de todo el mundo. ¿Cómo describirías el día a día profesional en ese entorno? (*)
Bruselas es el taller donde se forja Europa, y aquí no valen ni los egoísmos ni las medias tintas. Imaginen una sala con 27 Ministros, cada uno con sus prioridades: uno quiere proteger su carbón, otro exige ambición climática y otro pide que los costes de las políticas no impliquen la desconexión de su territorio. Mi trabajo en la Comisión no consiste en tener siempre todas las ideas ni de imponerse, sino reconocer los puntos fuertes de cada idea, de tejer acuerdos, y de escuchar a todos los Estados Miembros, las empresas y a los ciudadanos. El éxito no depende de tener razón, sino de encontrar un terreno común donde todos ganen o al menos, donde nadie pierda lo esencial. Aquí se negocia con datos, pero también con café y paciencia. He visto cómo un artículo de un Reglamento puede cambiar por completo entre las 7 de la tarde y las 5 de la mañana. La Comisión no es un poder ejecutivo al uso: es el conductor y el facilitador de una Europa que avanza hacia el objetivo de la integración. Y eso exige humildad. Exige reconocer que, a veces, un compromiso imperfecto hoy es quizás mejor que un acuerdo perfecto dentro de cinco años o nunca. Porque al final, lo que está en juego no son normas, sino vidas: el trabajador que necesita un tren moderno para ir a su fábrica, el agricultor que depende de los subsidios para poder invertir en nuevas tecnologías, o el joven que busca un empleo en una industria limpia y segura. Las jornadas suelen ser largas y no te puedes permitir el lujo de desconectar porque la negociación puede coger muchísima velocidad sin darse uno cuenta.
Formas parte del Chapter de Deusto Alumni en Bruselas. ¿Qué papel crees que puede jugar esta comunidad en una ciudad tan internacional y exigente?
En Bruselas, donde el networking es moneda de cambio, el Chapter de Deusto no es un club social: es un escudo contra la soledad del expatriado y un trampolín para quien llega con ambición. Esta ciudad puede ser despiadada: te exige dominar tres idiomas, entender el lenguaje de las instituciones, y aguantar jornadas de 12 horas mientras ves cómo tu vida social se reduce a cenas con compañeros. Ahí es donde Deusto debe marcar la diferencia porque no se trata solo de organizar eventos, sino de crear una red de apoyo real. ¿Ejemplos? Un compañero de promoción que te explica cómo navegar el laberinto de la contratación en la Comisión. Una Alumni senior que te abre las puertas de su red en el Parlamento. O simplemente un grupo de WhatsApp donde alguien comparte un piso cuando tu contrato de alquiler se acaba. Porque al final, lo que nos une no es el título, sino los valores; la ética del esfuerzo, la atención al detalle, y esa convicción de que el talento debe servir para algo más que para escalar en una carrera.
¿Qué tipo de iniciativas o encuentros está impulsando el Chapter y qué valor aporta a los alumni de Deusto que viven o trabajan allí?
El Chapter de Bruselas tiene un potencial enorme que aún debemos explotar. Empezando quizás por charlas de temas en los que trabajamos para compartir conocimientos y experiencias. Podemos organizar más eventos conjuntos con otras universidades vascas o españolas para ampliar nuestra red, pero siempre manteniendo ese ADN de cercanía y ética. Tocaría impulsar mentorías estructuradas con alumni en puestos clave —no solo en la Comisión, sino también en lobbies, ONGs y empresas—, porque Bruselas no es solo instituciones: es un ecosistema. Se podría también crear un banco de recursos prácticos (desde plantillas para CVs europeos hasta guías sobre cómo navegar los primeros meses en la ciudad) y talleres específicos para quienes quieran dar el salto al sector público, pero no saben por dónde empezar. Y, sobre todo, habría que reforzar el lado humano: un sistema para recién llegados, encuentros informales en cafés —no solo eventos formales— y hasta una base de datos de alumni dispuestos a ayudar con algo tan sencillo como una llamada o un café. El valor no está en lo que hacemos, sino en lo que podríamos lograr juntos: que nadie en Bruselas se sienta solo, y que el talento Deusto siempre tenga un punto de apoyo.
Vivir en Bruselas implica estar muy cerca del centro de las decisiones europeas y de los grandes debates que atraviesan el continente. ¿Cómo describirías el momento que está viviendo Europa actualmente? (*)
2026 ha empezado con un ritmo frenético en gran medida causado porque un aliado de la Unión Europea parece haber perdido las ganas de ser el garante de la estabilidad mundial. En este mundo incierto, la Unión tiene que aceptar que quiere y debe dejar atrás su perfil bajo y salir a la escena mundial con ganas de ganar. Debemos proyectar estabilidad, equidad y fortaleza, así como nuestro compromiso con el orden basado en normas. Debemos creer en nosotros mismos y no debemos hacer caso al ruido y al fango que solo pretende poner obstáculos en el camino del cambio. Europa está en su momento de la verdad. La invasión de Ucrania nos ha dejado una lección clara y es que la inocencia estratégica es historia. Los agresores de Europa están muy cerca y a veces, parece que los tenemos incluso dentro. Por eso, no basta con ser el continente del estado de derecho, los derechos humanos y el estado del bienestar, sino que tenemos que preparar el camino para que los derechos que tanto costó lograr no se pongan en cuestión por la presión económica. Para eso, nuestro trabajo tiene que estar centrado en hacer que el mañana sea algo mejor que hoy.
En los últimos años se habla cada vez más de soberanía territorial, autonomía estratégica o defensa y seguridad europea, así como de una redefinición de la relación entre Europa y Estados Unidos. ¿Hasta qué punto estos debates están presentes en el día a día de Bruselas? (*)
Sin duda que lo están. Las políticas deben tener sentido y tienen que cumplir aquello por lo que las diseñamos. Si algo no va según lo previsto, existen mecanismos para actualizar las normas y corregir el rumbo. En la Unión tenemos mecanismos establecidos para asegurarnos que nuestras normas nos dan lo que queremos de ellas. Pero la Unión Europea tiene un plan hasta 2050 para transformar por completo nuestra industria, nuestra energía, nuestras redes. En el caso de la aviación, la soberanía energética se mueve con combustibles sostenibles para aviación (SAF). Gracias a un Reglamento Europeo demostramos cómo la autonomía estratégica puede y debe traducirse en empleos, innovación y liderazgo global. Los SAF son la respuesta de Europa a décadas de dependencia energética. Mas del 90% del queroseno que alimenta nuestros aviones viene de fuera de la UE, con Rusia como uno de los proveedores. Hoy, el Reglamento ReFuelEU Aviation exige que el 2% de los combustibles que se ponen a la venta sean SAF. Y esta cuota sube al 6% en 2030 y hasta el 70% en 2050. Puede parecer poco, pero hay que recordar que la Unión fue pionera a nivel mundial en legislar la creación del mercado de combustibles limpios y que la mayoría del SAF que se consume hoy lo consumen aerolíneas europeas y en Europa. Esto no es ecologismo inocente, es geopolítica inteligente. Estas políticas crearán más de 250.000 empleos, aquí en Europa. No es cosa menor. Y ayudarán a los 27 a depender cada vez menos de países de dudoso compromiso con el estado de derecho. Cada litro de SAF producido aquí es un litro menos que financia regímenes autoritarios, es un empleo más en nuestra industria y es un paso hacia el liderazgo tecnológico. Europa no solo cumple el Acuerdo de París: lo convierte en ventaja competitiva. Mientras otros subvencionan el pasado, nosotros marcamos el camino hacia el futuro. Un futuro sin miedo y con la ilusión de marcar el destino y el ritmo.
Después de tu experiencia en Bruselas y viendo cómo evoluciona Europa, ¿cómo imaginas el futuro del proyecto europeo en los próximos años? (*)
De momento tengo mucho que aprender en Bruselas. He trabajado en dos ámbitos tan apasionantes como complejos como son los combustibles sostenibles de aviación y la navegación aérea. En ambos casos he tenido la inmensa suerte de hacerlo con una Jefa que ha confiado en mí y que ha visto en mi el potencial, las ganas y la ilusión de contribuir. Me queda mucha energía para seguir trabajando por la democracia a la europea. Basada en normas que siempre tienen que proteger a la parte más débil. En los tiempos que corren es importante recordar para quién legislamos. Que ayudan a que nadie se descuelgue del progreso. Porque tenemos una visión de una Europa fuerte, autónoma y solidaria. Está claro que Europa será tan fuerte como su región más débil. Por ello tiene tanta importancia, por ejemplo, la política de cohesión que permite que los Estados Miembros más avanzados paguen encantados la contribución al presupuesto europeo. En contra del sentido cortoplacista y egoísta porque sabe muy bien que cada euro que se invierte en mejorar las carreteras, aeropuertos o en renovar la flota de trenes en otro Estado menos implica más empleo, más inversiones y más riqueza para todos. A nivel político el rumbo no debe cambiar. Las empresas y los ciudadanos necesitamos estabilidad para tomar decisiones y para organizar nuestra vida y más si cabe cuando estamos hablando de inversiones multimillonarias. Y el polo de estabilidad es Bruselas para la Unión Europea. ¿Hay resistencia? Por supuesto y siempre las hay al cambio. Algunos temen ceder el control, otros temen perder privilegios, y así algunos presionan para retrasar los cambios que son inevitables y los hay que harán todo lo posible por preservar statu quo frente a la ambición y al bien común. Pero en Bruselas hemos aprendido que la soberanía no se declara, la soberanía se construye con leyes, inversiones y alianzas. O lideramos la transición, o pagaremos el precio de quedarnos rezagados: dependencia, desindustrialización y pérdida de influencia. Al mismo tiempo el mensaje es claro que para hacer una Unión mejor, todos tenemos que hacer los deberes en casa primero. Para la Comisión esto implica un ejercicio muy profundo de cerciorarnos si las normas que tenemos se pueden simplificar de alguna forma para cumplir el objetivo legislativo con menor coste. Por eso uno de los mantras de este Colegio de Comisarios es precisamente la simplificación en cada una de las áreas. La buena noticia es que tenemos un rumbo claro. Cambiar de arriba abajo la Unión Europea, cada esquina en cada región.



