El viaje se ha centrado en el aspecto más humano del mundo, en su historia y en su gente. Si lo volviera hacer, trataría de encontrar un lugar en el que asentarme y tratar de impactar positivamente en el medio/largo plazo. Una de las cosas más agridulces de un viaje así ha sido moverse por cantidad de sitios sin llegar a pertenecer a ninguno de ellos.
Antes de iniciar tus estudios universitarios participas dos años consecutivos como voluntario expositor en el Maker Faire Bilbao (Festival Internacional de Tecnologías Creativas). ¿Desde cuándo te atraen la informática y la cultura tecnológica?
Siempre he sentido una gran curiosidad por entender el funcionamiento de la tecnología, especialmente de los ordenadores e internet (a día de hoy, tengo más incógnitas que cuando empecé). La idea de presentarnos a la Maker vino en bachillerato, y fue iniciativa de dos profesores de Jesuitak Indautxu (Salva y Abete), quienes dieron la oportunidad a un grupo de alumnos de organizar nuestro propio “taller” independiente en el que desarrollar sus ideas, en sustitución de la asignatura de TIC.
Esa libertad creativa, recursos extra y guía, nos permitieron dar los primeros pasos en programación y desarrollo de proyectos: construimos un coche teledirigido, trasteamos con la impresión 3D, creamos una máquina arcade para autofinanciarnos… Además de ser tremendamente instructivo, presentarlo y colaborar en la Maker nos dio un gran sentimiento de orgullo. A nivel educativo, ha sido la experiencia que más claramente ha definido mi futuro profesional.
Actualmente, esa filosofía Maker se traduce en el interés por el software libre, la privacidad y el DIY en el día a día de la informática.
Tras algo más de un año participando en la investigación en modelos de procesamiento de lenguaje natural (NLP) aplicados a sistemas de recomendación para componentes industriales y cuatro meses en el desarrollo de soluciones IoT (internet de las cosas, por sus siglas en inglés) a gran escala con tecnologías: Amazon Web Services (AWS) y Java, al acabar tu formación universitaria decides dar “la vuelta al mundo”. ¿Qué motivó esta decisión? ¿Cómo te preparaste para este «salto cuántico»?
El viaje de año y medio lo sentía como un objetivo vital inamovible y no negociable, que venía de otras experiencias de viaje donde conocí a tantos otros que vivían sin fechas ni restricciones, y naturalmente me llamó la atención. En ese sentido, el aspecto psicológico estaba cubierto.
Por otro lado, estuve haciendo malabares entre el ámbito académico/profesional y ahorrar el máximo posible para esta aventura. La experiencia en el grupo de investigación de Deusto y las prácticas en empresa fueron muy enriquecedoras, ya que abrieron una pequeña ventana al mundo de la investigación/academia y al de la consultoría en el ámbito privado. Me permitieron explorar diferentes áreas de la informática, formas de trabajar y, especialmente, conocer contextos tan diametralmente opuestos.
Al mismo tiempo que terminaba los estudios y las prácticas, estuve poniendo copas en distintos bares, bodas y eventos. Fue difícil combinarlo todo sin descuidar amistades, familia y a uno mismo. No puedo decir que tuve éxito en esa área, todo sea dicho. Hubo rachas complicadas en las que no hacía otra cosa que trabajar y estudiar todos los días. A pesar de todo, entiendo que todo tiene un precio y que, para hacer algo así sin “descolgarse” de lo profesional, era algo necesario.
¿Podrías contarnos algo de este periplo? ¿Dónde has estado? ¿Cómo te has organizado? ¿Qué experiencias has vivido?
El viaje comenzó 6 días después de haber presentado mi TFG, con incertidumbre y nervios por separarme de mi familia y amigos; por ir solo y con pocos medios; no saber cuándo volvería ni a dónde iría exactamente. Al final, nada de eso importó.
Entre las incontables experiencias, destacaría estas: haber recorrido 7500 km en autostop; haber explorado el Kurdistán iraquí durante un mes, adentrándome en la historia del Kurdistán, del pueblo Yazidí y de los asirios; y haber subido dos picos de más de 6000 metros de altitud en India.
También hubo aprendizajes: a negociar; a bucear; a montar en moto, y llegar con ella hasta la frontera disputada entre India y Pakistán, atravesando un paso de 5500 metros; y chapurrear en algún que otro idioma. En otra línea, estuve 10 días en silencio en un curso sobre Budismo en el pueblo donde reside el Dalai Lama (y pude verle en persona).
Quizá de lo más inesperado fue compartir todo esto en colegios en Indonesia, a través de un profesor de inglés que conocí, donde conté a más de 500 niños mis experiencias de viaje.
Realmente, el mayor aprendizaje ha venido de la generosidad de cantidad de locales que me han alojado, alimentado y acompañado a lo largo del camino, donde lo único que importaba era ser humanos y compartir lo que se tuviera a mano.
El viaje se ha centrado en el aspecto más humano del mundo, en su historia y en su gente. Si lo volviera hacer, trataría de encontrar un lugar en el que asentarme y tratar de impactar positivamente en el medio/largo plazo. Una de las cosas más agridulces de un viaje así ha sido moverse por cantidad de sitios sin llegar a pertenecer a ninguno de ellos.
¿Recomendarías algo similar a otras personas al finalizar sus estudios universitarios?
Sin duda. No necesariamente la misma experiencia, que no es para todo el mundo, ya que cada cual debe adaptarse a sus intereses y situación personal. Sin embargo, invitaría a cualquier persona a perseguir y explorar sus inquietudes de la forma que sea.
Ese nivel de experiencia vital, de rodaje y aventura es difícil obtenerlo quedándonos en casa, aunque es una cuestión de actitud y no necesariamente de dónde estés geográficamente. Ver y compartir otras formas de pensamiento y de vida desde la curiosidad y sin juicio; atreverte a hacer cosas que den miedo; darte el espacio necesario para descubrir qué te mueve realmente; y tiempo para reflexionar, son clave para acercarse a la felicidad.
Insisto en que, aunque no sea necesario, personalmente me ayudó muchísimo salir del nido, de la rutina, de las dinámicas establecidas, y exponerme al mundo. En cualquier caso, estoy tremendamente agradecido por haber tenido ese espacio para explorar y vivir una gran aventura antes de incorporarme al mercado laboral. Puedo afirmar que algo así le cambia a uno para siempre. Lo más importante es tener algo positivo que llevarte de vuelta a la cotidianeidad.
Actualmente trabajas como Cyber Security Engineer especializado en entornos industriales e infraestructuras críticas. ¿Qué te atrajo de este ámbito tan específico y qué retos te resultan hoy más estimulantes en tu día a día?
La ciberseguridad es transversal a todo el ámbito de la informática, aunque a veces se deje de lado, y requiere entender en profundidad los sistemas que se protegen a nivel técnico, contextual y regulatorio. En ese sentido, el criterio principal a la hora de especializarme ha sido el impacto que puedo tener en un entorno concreto.
Este impacto es enorme en entornos industriales (en los que un ataque puede afectar a toda la producción, cadena de suministro o a la seguridad física de las personas); y todavía mayor en infraestructuras críticas, que son las que sostienen servicios esenciales para la sociedad, como energía, agua y transporte. Estos ámbitos suman una complejidad técnica notable, que lo mantiene interesante y un sector en el que es difícil estancarse. Además, me ha permitido salir de la oficina y visitar cantidad de fábricas, plantas químicas e incluso minas en varios continentes. Para los que nos interesa ese ámbito y habitualmente pasamos todo el día sentados, es un lujo.
Vivimos en un contexto en el que hay cada vez más amenazas cibernéticas y, cada vez son más complejas, especialmente con el uso de la Inteligencia Artificial. Adicionalmente, el incremento de las tensiones geopolíticas requiere reforzar nuestra seguridad ante amenazas que ya se han materializado en otros países.
Tras agradecerte por compartir tus experiencias y deseándote lo mejor para el futuro, ¿qué recuerdos guardas de tus años como estudiante en la Universidad de Deusto?
¡Mucha gracias, ha sido un auténtico placer! El recuerdo de mi tiempo en Deusto lo guardo con mucho cariño: jugando al pádel con los compañeros de clase; entrenando en el gimnasio de la uni; pasando demasiadas tardes en el CRAI; y, sobre todo, gracias a grandes oportunidades como participar en el grupo de investigación y contar con un grupo de profesores comprometidos con la enseñanza.
Agradezco que la educación no fuera meramente académica, sino que también abarcara aspectos humanos y sociales con eventos culturales, que visibilizaban distintas realidades e identidades; posibilidades de voluntariado con impacto social; y que se promovieran otro tipo de actividades extra-académicas. Entre ellas, participé en el «Buddy Programme», para el acompañamiento de alumnos Erasmus, lo que me permitió conocer distintas culturas y asistir a actividades organizadas por la universidad.
¡Gracias nuevamente por la oportunidad, espero que hayáis disfrutado de la entrevista!



