Mikel Rotaetxe Kerexeta

Comunicación. Prom. 13

El paso por la universidad fue una de las etapas más bonitas de mi vida. (…) Supuso para mí un puente desde la adolescencia a la juventud adulta, y reconfiguró por completo y para siempre mi manera de pensar y observar el mundo, y mi manera de comprometerme con él.

Comienzas tu carrera profesional mientras realizas tus estudios superiores. Se diría que eras un periodista vocacional, y lo sabías. ¿Cuándo y cómo sentiste que querías dedicarte a esta profesión?

Desde bien pequeño he sido bastante teatrero, y siempre he sentido una curiosidad enorme por comprender el mundo que me rodea y contárselo a los demás. Mis primeros recuerdos vinculados al periodismo me llevan a mis abuelos. Jesús, mi abuelo materno, solía encender el transistor en la cocina o cuando se acostaba. Y Mikel, mi abuelo paterno, devoraba periódicos, y lo recuerdo en el sofá soltando improperios mientras peleaba con el crucigrama de turno o recortando fragmentos para archivarlos. Pero creo que mi despertar vocacional fue a los 16, con las elecciones presidenciales francesas que en 2007 enfrentaron a Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal. Recuerdo seguirla diariamente y pensar, “yo quiero curbrir cosas así”. 10 años después estaba en el Museo del Louvre de París retransmitiendo en directo la victoria de Emmanuel Macron. Todavía alucino.

En 2013 terminas tus estudios universitarios y obtienes dos importantes premios: el XXXVII Premio Kutxa Fin de Carrera y el V. Premio Eurobask de Periodismo. ¿Qué sentiste en esos momentos? ¿Eras consciente entonces de lo que el futuro de depararía?

En siete años ha cambiado tanto todo que los siento muy lejanos en el tiempo. Pero recuerdo vivir esos dos momentos con profunda emoción y gratitud. Y, sobre todo, feliz de poder celebrarlo con los míos, porque no sentí que ninguno de los dos premios fuera a título individual. Concentran el trabajo, el apoyo y el compañerismo de mucha gente increíble. Y sobre el futuro… Nosotros hicimos la carrera en plena crisis y nos graduamos en 2013, por lo que esperábamos un futuro incierto, precario y con escasas posibilidades. Ese miedo natural que tienes al salir del huevo y exponerte al mundo en un contexto tan desfavorable. Las cosas van bien de momento, pero procuro no acomodarme ni dar nada por sentado, manteniendo los pies sobre la tierra, y en constante disposición a evolucionar y reinventarme.

Desde 2014 eres el corresponsal de EiTB en la capital europea. ¿Podrías contarnos cuál ha sido la situación profesional más dura que has vivido en estos seis años y cuál ha sido tu experiencia periodística más satisfactoria?

Lo que más me satisface es la sensación de servicio público, algo que no se circunscribe a la corresponsalía de Bruselas – cuando trabajé en la delegación de Pamplona de EITB pensaba lo mismo -. El intentar que la información europea llegue al oyente de una manera simple y didáctica, sin perder un ápice de rigurosidad, contextualización y espíritu crítico. Y todo desde el convencimiento de que es importante que la audiencia sepa lo que está pasando aquí, y que es importante también que los representantes institucionales sepan que su acción política tiene repercusiones que no pueden ignorar, pese a que a menudo lo intenten.

Pero por lo demás, siempre digo que yo me hice adulto al cubrir el ataque contra Charlie Hebdó y la crisis griega de 2015. Me marcaron mucho, al ser los primeros grandes temas que cubrí como corresponsal europeo. Pero en cinco años y medio he visto y he contado de todo. Cada atentado y cada operación policial consiguiente, marca: en París, en Niza y en Bruselas – este último me tocó especialmente -. Pero tampoco olvidaré la imagen de cientos de refugiados caminando a través de las vías de tren en Roszke, en la frontera serbo-húngara. O ser testigo de las victorias electorales de Macron y Merkel en 2017. O estar presente en Ginebra y leer en directo el comunicado en el que ETA anuncia su disolución. O recorrer las whiskerías escocesas, la frontera irlandesa y el sureste eurófobo de Inglaterra en los días previos al Brexit. Tantos y tantos temas increíbles. Donde más disfruto y más libre me siento es en las coberturas especiales, transitando de aquí para allá y hablando con la gente.

¿Qué recomendarías a los y las Alumni de la Universidad de Deusto en cuanto a hacer de su pasión su carrera profesional?

No creo que sea quien para recomendar o aconsejar nada a nadie. Cada persona es dueña de sí misma, responsable de las decisiones que toma y no toma. Yo procuro comprometerme día a día con mi profesión, y responder ante mis emisoras y sus oyentes con trabajo serio, digno y riguroso, desde el disfrute, el divertimento y el sentido de humor. Y también recordando la utilidad de nuestro trabajo: ni apagamos incendios, ni salvamos vidas, ni hacemos la revolución, pero, desde la humildad, quiero pensar que nuestra labor es importante. Y creo que esto es aplicable a todo oficio y toda carrera profesional.

Para terminar y agradeciéndote por compartir con nosotros un poco de tu vida, ¿qué recuerdas de los años que pasaste en la Universidad de Deusto?

El paso por la universidad fue una de las etapas más bonitas de mi vida. Recuerdo perfectamente el primer día de presentación – al que llegué tarde por perder el tren -, los primeros trabajos y exámenes. Supuso para mí un puente desde la adolescencia a la juventud adulta, y reconfiguró por completo y para siempre mi manera de pensar y observar el mundo, y mi manera de comprometerme con él.

Pero, por encima de todo, esta etapa me dio gente. Todas esas personas que se cruzaron en mi camino y que permanecen a mi lado. Tuve la suerte de contar con María, Eukene y Nagore, tres mujeres fantásticas con las que trabajaba siempre, de las que aprendí diariamente, que quiero, y a las que seguiría hasta el fin del mundo. Formamos un equipo perfecto, y ellas protagonizan el recuerdo que resume a la perfección mi paso por la universidad: dos de la mañana de un día aleatorio entre semana, ultimando un trabajo en grupo en una sociedad gastronómica, debatiendo, contrastando y escribiendo, y llevando nuestra imaginación a límites y delirios inconfesables. Todo tras unas patatas bravas, una cena con fundamento y, en ocasiones de extrema necesidad, un chupito de pacharán.

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