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Miren Mendiluce Elizalde

He aprendido que, cuando existe voluntad de entenderse, las diferencias culturales se vuelven una oportunidad y no un obstáculo. Descubres que cada persona actúa desde su propia historia, su contexto y sus referentes, y que acercarte con curiosidad y no con juicio abre puertas que de otra manera quedarían cerradas.

En tu trayectoria se ve de forma evidente tu elección por los ámbitos social y humanitario. ¿Recuerdas cómo y cuándo se despertó en ti este deseo por orientar tu carrera hacia estos sectores?

Creo que este deseo nació de manera muy natural. Desde pequeña crecí en un entorno familiar donde el cuidado a los demás era algo cotidiano. Mis padres siempre fueron un ejemplo de generosidad y compromiso, y ver cómo dedicaban tiempo y energía a personas de fuera de nuestro círculo más cercano marcó profundamente mi manera de entender el mundo.

Esa sensibilidad hacia las realidades más vulnerables apareció pronto. Aunque de niña no podía “hacer” gran cosa, sí observaba, preguntaba y me preocupaba por quienes vivían situaciones más difíciles que la mía. Con el tiempo entendí que no era solo empatía, sino una forma de mirar el mundo que me acompañaba siempre. Y cuando llegó el momento de tomar decisiones —sobre mis actividades, mis estudios, mis primeras experiencias— sentí que lo lógico era avanzar hacia ámbitos donde pudiera contribuir a mejorar la vida de los demás.

Esa motivación inicial ha ido evolucionando con los años, adaptándose a cada etapa de mi vida. Pero el origen es ese: un modo de mirar, de relacionarme con la realidad, que desde muy joven me hizo sentir que mi lugar tenía que estar cerca de lo social y lo humano.

Tu larga experiencia de voluntariado, especialmente en ámbitos de derechos humanos y acción social, es muy significativa y, aunque comenzó antes de iniciar tus estudios universitarios, continuó en paralelo con ellos. ¿De qué manera crees que este compromiso ha influido en tus decisiones laborales y en la forma de ejercer tu profesión?

El voluntariado fue un punto de inflexión, porque me permitió pasar de la sensibilidad a la acción. Empecé muy joven, y esas primeras experiencias me enseñaron a comprender la realidad desde dentro, no solo desde la teoría o la observación. Vi de cerca cómo viven muchas personas, qué desafíos enfrentan y cómo los pequeños gestos pueden marcar una gran diferencia. Es algo que transforma la manera de entender el mundo.

Durante la universidad, ese compromiso siguió creciendo. Me hizo descubrir que no quería que lo social fuese únicamente una actividad extracurricular, sino una parte central de mi vida y de mi futura profesión. Ahí entendí que mis capacidades podían ponerse al servicio de algo más grande, y que yo quería construir un camino que tuviera impacto real en la vida de otros.

Además, el voluntariado me dio aprendizajes muy concretos que hoy aplico: trabajar con personas muy diversas, escuchar antes de actuar, comprender contextos antes de intervenir, colaborar desde el respeto y no desde la idea de “venir a ayudar”. También me dio perspectiva y humildad. Todas esas experiencias moldearon mis decisiones laborales y también mi manera de ejercer la profesión: desde la cercanía, desde el respeto y desde un propósito claro.

Has desarrollado gran parte de tu carrera profesional en organizaciones internacionales y en entornos multiculturales. ¿Qué aprendizajes personales y profesionales destacarías de trabajar en países y regiones tan diversas como África, Oriente Medio o Italia?

Trabajar en entornos multiculturales ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi carrera. Te obliga a salir de tus esquemas y a descubrir que muchas de las cosas que das por sentadas —formas de trabajar, de comunicar, de organizarse— no son universales, sino culturales. Esa toma de conciencia cambia mucho la manera de relacionarte con los demás.

He aprendido que, cuando existe voluntad de entenderse, las diferencias culturales se vuelven una oportunidad y no un obstáculo. Descubres que cada persona actúa desde su propia historia, su contexto y sus referentes, y que acercarte con curiosidad y no con juicio abre puertas que de otra manera quedarían cerradas.

Profesionalmente, estos contextos me han enseñado a ser más flexible y creativa. En entornos desafiantes, no siempre hay manuales claros ni recursos abundantes, así que aprendes a adaptarte, a escuchar muchísimo y a valorar las soluciones que nacen del propio equipo local. Te ayuda a desarrollar una mirada más estratégica y menos rígida.

A nivel personal, ha sido una gran escuela de humildad. Si llegas con la idea de que “tu manera” es la correcta, te pierdes lo mejor. Pero si llegas con apertura, descubres que hay otras formas igual de válidas —o incluso mejores— de hacer las cosas. Y cuando eso ocurre, te llevas herramientas, perspectivas y aprendizajes de un valor incalculable.

Creo que lo más importante que me han dado estos países y estas culturas es una forma de trabajar basada en la escucha, el respeto y la colaboración genuina. Son aprendizajes que se te quedan para siempre y que definen cómo te relacionas con cualquier equipo, independientemente del lugar del mundo en el que estés.

En tu etapa como Country Finance Manager, asumiste responsabilidades estratégicas y de liderazgo en contextos especialmente exigentes. ¿Cuál dirías que fue el mayor reto al que te enfrentaste y cómo lo gestionaste?

Llegué a ese rol muy temprano en mi carrera, casi sin experiencia previa, aunque con muchísimas ganas. Tuve la enorme suerte de incorporarme a un equipo extraordinario y de contar con un responsable que confió en mí desde el primer día.

Mi mayor reto fue ejercer un liderazgo respetuoso en un país completamente nuevo para mí, siendo extranjera y joven, y trabajando con personas locales con mucha más experiencia, conocimiento del contexto y trayectoria dentro de la organización. Fue un proceso continuo de aprendizaje: entender cómo acompañar y dirigir sin imponer, escuchar antes de opinar y valorar profundamente la experiencia de quienes llevaban años sosteniendo el trabajo sobre el terreno.

La humildad fue clave, pero también lo fue la confianza en mí misma para reconocer que yo también podía aportar.

Gracias al equipo que me acompañó —generoso, comprometido y muy profesional— conseguimos avanzar juntos y sacar adelante cada desafío. Es una lección que guardo conmigo: llegar a los lugares desde el respeto, la escucha y la apreciación, sin pretender “salvar” nada, sino construir junto a quienes ya están allí.

Y ese estilo de liderazgo —basado en el respeto, la escucha, la colaboración y la convicción de que el talento local debe estar en el centro— es algo que me llevo conmigo. Hoy sigue siendo la base de cómo entiendo el liderazgo y de cómo intento ejercerlo en cualquier contexto.

En noviembre de 2025, en tu campus de San Sebastián, compartiste con estudiantes y personas egresadas de ADE, Comunicación y Derecho tu trayectoria vital y profesional y las claves para construir una carrera internacional con propósito. Respecto a esto último, ¿qué dirías a las y los alumni que leen esta entrevista?

En mi caso, lo que más me ha ayudado ha sido la determinación y la coherencia. No tenía un plan rígido sobre cómo llegar hasta aquí, pero sí una dirección clara: que lo que hiciera estuviese alineado con mis intereses y con el tipo de impacto que quería tener. Esa coherencia interna, más que un plan perfectamente definido, fue esencial para ir construyendo mi camino.

También diría que es muy importante exponerse a lo desconocido: salir de la zona de confort, viajar, convivir o trabajar con personas de otras culturas y aceptar experiencias que te desafían. Es en esos lugares donde realmente se amplía la mirada y se desarrollan habilidades que después son fundamentales para trabajar en contextos internacionales.

En paralelo, la formación también cuenta. Los idiomas abren puertas que, de otra manera, simplemente no existen. Y tener una formación de máster aporta herramientas, conocimiento y credenciales que facilitan mucho acceder a entornos profesionales internacionales y competir en igualdad de condiciones.

Y, sobre todo, creo que construir una carrera con propósito tiene mucho que ver con conocerse a una misma: entender qué te mueve, qué te importa y qué te hace sentir que tu trabajo tiene sentido. Cuando tienes claro tu propósito, incluso sin un mapa exacto del camino, sí tienes una brújula. Y esa brújula te ayuda a tomar decisiones con confianza, incluso en momentos de incertidumbre. Esa confianza en una misma —en lo que puedes aportar, en tu capacidad de aprender, en tu capacidad de crecer— hace una enorme diferencia.

Agradeciéndote por tu participación en este número, ¿qué recuerdos guardas de tus años como estudiante en la Universidad de Deusto?

Guardo recuerdos muy especiales de mis años en la Universidad de Deusto. Fueron, sin duda, años decisivos, llenos de aprendizaje y de vivencias que todavía hoy me acompañan. Recuerdo la universidad como un entorno cercano, exigente y humano, donde sentí que no solo se esperaba de mí que aprendiera teoría, sino que desarrollara una mirada crítica, sensible y comprometida con la realidad.

Fueron años importantes, en los que encontré a mis grandes amigos, con quienes sigo compartiendo la vida y que han sido un apoyo constante en todas las etapas que vinieron después.

Además del aspecto personal, esos años me ayudaron a desarrollar competencias que todavía hoy aplico en mi trabajo: una mirada crítica para entender la realidad desde diferentes perspectivas, una mirada estratégica para tomar decisiones con criterio, y habilidades muy prácticas como el trabajo en equipo y la resolución de problemas. Creo que la Universidad fue un espacio donde pude empezar a construir esa forma de pensar y de trabajar que me acompaña hasta hoy.

En definitiva, guardo un recuerdo muy positivo: fue una etapa que me dio amistades de por vida y que sentó las bases de muchas de las capacidades que ahora utilizo a diario.