Moisés Morera Martín

Derecho Prom. 98

Marruecos es un país maravilloso al que en España damos la espalda con mucha frecuencia. Sus costumbres, religión y lengua son diferentes pero compartimos una parte de la historia, una relación geográfica que no podemos obviar y un nivel de interdependencia en muchos temas que les sorprendería. Los marroquíes son generosos, amables y respetuosos. No me ha costado adaptarme pues como extranjero, sé que debo respetar sus tradiciones y ritmos. Estoy aprendiendo mucho de su Islam moderado y de sus tradiciones, las cuales trato de no enjuiciar.

Diplomático de carrera, alumni de Deusto, apasionado por América Latina, pero, sobre todo, canario. Comenzaste pronto tu andadura fuera de tu tierra, ¿por qué elegiste estudiar Derecho en Deusto?

En C.O.U. bajé bastante mis notas pues andaba un poco despistado, como buen adolescente. Ante ello, mi padre, seguro que para motivarme, me dijo que podía elegir una universidad en la península. Para un joven de La Palma -una isla periférica, pequeña y un tanto alejada hace 25 años- que le ofrezcan eso es como si hoy tu padre te ofrece ir a estudiar a Londres o a Nueva York. Imposible decir que no.

El año anterior había visitado Navarra y llegó a mis manos un pequeño folleto sobre el Hermano Gárate. Cuando se presentó la oportunidad no dudé en pedir ir a Deusto, sin tener mucha más información que la breve historia que había leído sobre el Portero de Deusto. De hecho, en aquella época yo decía ¡Deuston! Mis padres se sorprendieron y al principio estuvieron un poco reticentes pues era, básicamente, muy lejos de Canarias, pero aceptaron y al final, todos vimos que había sido una buena decisión.

Después de Bilbao continuaste tu trayectoria académica en La Haya y en México D.F., donde comenzaste tu carrera internacional haciendo prácticas en la Secretaría de Relaciones Exteriores. ¿Podrías decirnos qué te aportaron estas prácticas en el ámbito personal? ¿Fue en ese momento cuando decidiste que querías seguir el camino diplomático?

Cada año de carrera quería dedicarme a algo distinto en el ámbito del derecho. En tercero logré una beca para un curso de Derecho Internacional en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, donde coincidí con mi gran profesor de Deusto y hoy amigo, Felipe Gómez Isa. Este curso me ayudó a darme cuenta de que mi camino era en el ámbito del derecho internacional, pero todavía no sabía por dónde.

En cuarto se abrió la posibilidad de un Erasmus y también ofrecieron intercambios con varias universidades jesuitas en América Latina. No tuve la menor duda de que era eso lo que quería. Me ofrecieron Buenos Aires, Bogotá y Ciudad de México. Mis padres dijeron que Buenos Aires era -de nuevo- muy lejos, Bogotá pasaba por un periodo de violencia muy duro (las vueltas de la vida, hoy estoy casado con una bogotana y mis hijos son colombianos) y, ante mi insistencia, no les quedó más remedio que aceptar Ciudad de México. Allí estudié cuarto de derecho, en la Universidad Iberoamericana, siendo el primer alumno de Deusto en participar en intercambios con esta Universidad.

Fue una gran experiencia. Los horarios estaban organizados para que los estudiantes de cuarto y quinto de derecho fueran a despachos o empresas a hacer prácticas. Tenía clase de 7 a 9 de la mañana y de 5 a 8 de la noche. Vi que tenía mucho tiempo libre por lo que me presenté en el Ministerio de Asuntos Exteriores mexicano, con un CV hecho en una vieja máquina de escribir, y pedí hacer prácticas durante todo el año. Me recibieron con mucho cariño.

El 12 de octubre mi jefe me dijo a media mañana: “españolito, coge tu chaqueta, nos vamos a tu embajada a celebrar el día”. Y por primera vez en mi vida entré en una embajada. Nada más llegar me presentaron a un diplomático español con el que estuve hablando más de dos horas. Le robé la recepción. Al terminar me dijo, “podrías ser un buen diplomático para tu país”. Ese año en México, me vi con él con frecuencia, me invitaba a actos, me presentó gente y hablamos mucho. Es un gran amigo desde entonces y quien me hizo descubrir mi vocación. Eso se llama suerte, sin duda. Pero yo le digo a mis hijos y a los jóvenes con los que me tropiezo, que esas cosas ocurren y aparece gente buena en nuestro camino. Hay que estar pendiente.

Fuiste cónsul en El Salvador, después estuviste en las embajadas de España en Sudán y en Venezuela, y ahora eres cónsul en Casablanca, Marruecos. ¿Resulta complicado adaptarse a las costumbres y peculiaridades de cada país?

Mi primer destino fue en El Salvador, un país pequeño, con una historia dura pero con gente maravillosa. Con un poco de inclinación y sensibilidad por América Latina, estos países no presentan grandes retos de adaptación. Yo tengo mucha pasión por este continente, por lo que nunca he tenido problemas o me han supuesto un reto sus costumbres. Con respeto y cariño uno se adapta. He vivido largos periodos en Venezuela, México, Colombia y El Salvador y siempre me he sentido como en mi casa, especialmente en Venezuela donde he vivido 4 años.

Otra cosa fue Sudán del Sur. ¡Eso sí fue un reto! ¡Eso sí fue complicado! Mi segundo destino fue el país más pobre del planeta, que salía de una guerra de 30 años que dejó más de 2 millones de muertos y unos odios tribales incurables. Fui el primer diplomático español allí destinado con motivo del nacimiento del país en 2011, lo cual no supone ningún honor, sino el reto de construir una oficina, una pequeña logística y una visibilidad mínima de tu país. Fue un destino duro, sin familia pero una gran aventura en el África profunda. Fue una gran experiencia personal. Vi cosas duras. Desde entonces, no me quejo de nada ni por nada. Sudán del Sur me hizo mejor persona.

Ahora en Marruecos, donde algunos extranjeros se quejan de no sé qué cosas, yo siento que vivo en un gran lugar. Marruecos es un país maravilloso al que en España damos la espalda con mucha frecuencia. Sus costumbres, religión y lengua son diferentes pero compartimos una parte de la historia, una relación geográfica que no podemos obviar y un nivel de interdependencia en muchos temas que les sorprendería. Los marroquíes son generosos, amables y respetuosos. No me ha costado adaptarme pues como extranjero, sé que debo respetar sus tradiciones y ritmos. Estoy aprendiendo mucho de su Islam moderado y de sus tradiciones, las cuales trato de no enjuiciar.

Estás al frente de un consulado, Casablanca, con mucha presión migratoria. Además, es la tercera ciudad más atractiva para la inversión en África y Oriente Medio. ¿Cómo afecta esto a tu trabajo como cónsul?

Casablanca es una ciudad muy viva. Es el centro de negocios en Marruecos y la puerta de entrada para los negocios en África. Los marroquíes lo han logrado. Acaban de inaugurar un aeropuerto que se ha convertido en el segundo en tráfico de pasajeros de todo el continente. La idea de Casablanca como “hub” de África está muy madura.

Como es de imaginar, la parte económica y comercial es muy importante para nosotros. España es, por sexto año consecutivo, el primer socio comercial de Marruecos con un volumen de negocio que llega a los 14.000 millones de euros. En 2018 fueron censadas más de 20.000 empresas españolas exportadoras a Marruecos, lo que supone el 10% de todas las empresas que exportan al mundo. Hay más de 800 empresas españolas en Marruecos. Esto es muy relevante.

Por simple geografía, los siete Consulados Generales de España en Marruecos reciben mucha presión pero tratamos de prestar el mejor servicio posible, no solo a los marroquíes que desean viajar a España sino a los españoles residentes o de paso por Marruecos.

Has participado en viajes de S.M. el Rey a Libia, Australia y Nueva Zelanda, acompañado al expresidente Chávez en su visita a España… ¿Podrías contarnos, respetando la prudencia diplomática, alguna anécdota simpática?

Mi primer destino en Madrid fue en el departamento de protocolo, que se llama Introductor de Embajadores. Tuve la oportunidad de viajar bastante y de recibir a muchas delegaciones extranjeras. Ese departamento es una fuente diaria de anécdotas, como resulta fácil imaginar.

Con los Reyes de Malasia me di cuenta de la importancia del buen inglés. Estábamos en Toledo. Más de 20 vehículos de caravana. El centro histórico cerrado para el paseo y compras de los Reyes. En el momento de irnos, subí a los Reyes a su coche y al Príncipe, de unos 10 años, en el coche que precedía. Y corrí al coche de protocolo que abre la caravana. Cuando llegué a mi coche, miré para atrás y –para mi sorpresa- vi al joven Príncipe fuera de su coche, solo, por lo que salí corriendo hacia él.

El Príncipe fue al coche de sus padres y la Reina se bajó para hablar con el joven heredero. Luego, la Reina se dirigió a mí y me dijo: “my son would like a sword”. “I am sorry Madam, could you repeat it” le dije. “My son would like a sword”, me repitió –ojo- la Reina de Malasia. En ese momento de aturdimiento veo que el Rey, sí, el mismísimo Rey de Malasia se bajó por su lado del coche y se acercó a nosotros. La Reina volvió a repetirme por tercera vez a una distancia de un metro. “My son would like a sword”. “Yes, Your Excellency”, dije yo, sin haber entendido aún qué significaba el sonido /so:rd/. En 30 segundos estábamos rodeados por militares malayos y policías españoles y el Rey le dijo algo a la Reina mientras el Príncipe, que me llegaba por mi cintura, miraba hacia arriba a su madre y no dejaba de repetir ese sonido indescifrable para mí. Un militar malayo me dijo seriamente “a sword, a sword, a sword” y fue en el momento en el que movió su brazo como blandiendo una espada cuando yo me di cuenta de lo que quería. Para mí habían pasado 3 frías semanas. Aún me estoy recuperando.

Dije: “Yes, Your Excellency, immediately”, le puse la mano en el hombro al joven Príncipe y comencé a caminar hacia una dirección que desconocía. Lo bueno de Toledo es que venden swords en cualquier esquina. Vi que nos siguieron dos militares uniformados malayos. Entré en la primera tienda de artesanías y le dije al dependiente que buscábamos espadas para el niño. Estuvimos más de 15 minutos en la tienda pues el Príncipe no se decidía. Mientras el heredero rechazaba swords, Toledo estaba bloqueado, algunos cláxones ya sonando y gente acercándose a ver qué pasaba. Lo mejor fue ver al militar malayo, serio, marcialmente siempre detrás de su Príncipe en la pequeña tienda y con la tarjeta de crédito agarrada con dos dedos enfrente de sus ojos.

Cuando eligió la sword que le gustó, le dije al dueño de la tienda, que ya habían hecho venir ante tanto alboroto: “cóbrele lo que le dé la gana, nos tenemos que ir”. No sé cuánto costó la sword, pero no se me olvidará jamás la espada toledana.

Muchísimas gracias por tu tiempo y por compartir tu experiencia con nuestros lectores. Nos consta que continúas colaborando y visitando a tu alma mater. ¿Qué recuerdos guardas de la Universidad de Deusto?

Guardo recuerdos de dos tipos. Por un lado, de alegría, fiesta, Pozas, amistad y buen ambiente en la Universidad y en mi querido Colegio Mayor Deusto, donde viví 4 años. Y por otro lado, de sacrificio, disciplina, control de gastos pues no estábamos holgados en casa, mucho estudio, noches sin dormir, algún suspenso y satisfacción por haberlo logrado.

Muchas gracias a Deusto Alumni y a la Universidad. He vuelto en varias ocasiones estos años y allí donde estoy, siempre soy un orgulloso exalumno.

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