Néstor Da Costa Velázquez

Dr. Sociología Prom. 03

… todos necesitamos conocer “otras aguas” o sea abrirnos a conocer como los demás viven, buscan, expresan y también niegan lo religioso. Es parte de la vida de la humanidad y da sentido a millones de personas…

En 2019 se conmemoró el 25º año de la creación de la Cátedra UNESCO de Recursos Humanos en la Universidad de Deusto. Fuiste uno de los primeros en incorporarte a ella en 1994 desde Uruguay para iniciar tu doctorado. Como pionero de esta experiencia, ¿qué sentiste al llegar a Bilbao? ¿Qué te hizo dar el paso de dejarlo todo en Uruguay por un tiempo e iniciar esa aventura?

Había tenido la oportunidad de visitar fugazmente Bilbao en 1993 por proyectos de cooperación que teníamos entre la ONG de la cual era director en Montevideo y lo que hoy es la UNESCO Etxea, pero trasladarme a residir a Bilbao fue otro asunto bien distinto. Llegué a hacer el doctorado en Deusto animado por Javier Elzo que fue quien me convenció de que no solo valía la pena sino que era imprescindible cursar el doctorado. Siempre le agradeceré de haberme convencido. Era un tiempo especial porque mi suegro estaba enfermo en Montevideo y no podía ausentarme demasiado, por ello cuando no había clases volvía a Uruguay. Fueron unos años con muchos inviernos y ningún verano ya que, en el verano europeo, cuando no había cursos yo me desplazaba al invierno del sur y viceversa.

¿En qué medida consideras que proyectos como esta Cátedra contribuyen de forma efectiva a la cooperación internacional e interinstitucional? ¿Qué ha supuesto para ti?

Estoy fuertemente convencido de que la Cátedra es una gran iniciativa de cooperación internacional e insterinstitucional. Brinda oportunidades de doctorado y de convivir no solo con la cultura local, de la cual se aprende mucho, sino también con personas de diversos países que acudimos a estudiar allí. Recuerdo que éramos cincuenta y ocho latinoamericanos y que buscábamos instancias de encuentro.

Supuso un cambio fundamental en mi vida. Me permitió hacer el doctorado, tener profesores de muy buen nivel, entrar en diálogo con otras culturas, aprender de diversas perspectivas. De alguna manera implicó abrirme a otros mundos. Cuando uno tiene la posibilidad de vivir fuera de su país se encuentra con una enorme diversidad, cultural, lingüística, política, a la vez que le permite confrontar lo que sucede en el propio país con lo que sucedía en el País Vasco y en otros lugares de Europa y el mundo.

Uruguay es el país con menor población de América Latina, somos apenas tres millones cuatrocientos mil habitantes y un porcentaje de la población que ronda el 15% tiene apellidos vascos, de diversas oleadas migratorias. Euskadi es también un país pequeño.

Pude estudiar y conocer diversas “experiencias país”, pude apreciar las enormes transformaciones que llevó adelante el País Vasco y extraer aprendizajes de muchas de ellas, como del movimiento cooperativo o del resultado concreto del accionar público-privado y su más que positivo impacto en el desarrollo.

Todo esto lo permitió la Cátedra y los contactos y amigos que fui desarrollando en ese tiempo privilegiado dedicado al estudio.

Como sociólogo, el centro de atención de tu trayectoria investigativa ha sido la religión. Algunas corrientes científicas, filosóficas o ideológicas, simplemente están más allá o al margen de ella.  ¿Por qué elegiste este camino científico?

Es parte de la confrontación del “adentro” de mi país con el “afuera” de la gran mayoría de los países. Muchas veces en clase digo a los alumnos esta frase: “el pez no se pregunta por el agua”. Intento explicarme. La frase hace referencia a que damos por sentadas “nuestras” pautas culturales, modelos de comportamiento y de sociedad. Son nuestra agua y no nos preguntamos por ella. Es más, creemos que todas las aguas del mundo debieran ser iguales. Nos parece lo más normal. Pero cuando nos desplazamos fuera de la comarca y entramos en diálogo con los otros y sus culturas empezamos a ver que “el agua” de Uruguay no es igual al “agua de otros lugares”.

Y Uruguay es bastante distinto al resto del mundo en la forma en que se vive y expresa lo religioso. Nos parecemos mucho a Francia, de hecho, fue el ejemplo que siguieron quienes conformaron la identidad nacional a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

La palabra laicidad tiene una enorme fortaleza en nuestra cultura. Hace 101 años se separaron la Iglesia y el Estado y lo religioso no solo se desvinculó del Estado, sino también de la esfera pública desplazándose hacia lo privado.

Cuando me moví más allá de “mi agua” emergió la pregunta sobre la peculiar forma de entender y vivir lo religioso en la sociedad uruguaya y me impulsó a estudiar cómo y por qué se había dado eso.

Allí encontré muchas respuestas, pero también nuevas preguntas. Comencé a visualizar lo religioso como un fenómeno universal que ha recorrido y recorre la historia de la humanidad con diversas formas de manifestación.

Si bien, al menos en occidente, lo religioso no tiene la relevancia que tuvo tiempo atrás, sigue siendo un espacio donde las personas dan sentido a sus vidas, conjugan preguntas sobre el sentido y asuntos sustanciales, encuentran espacios de identidad y de vínculo comunitario, entre otros aspectos. Y cuando vemos los resultados de investigaciones empíricas se aprecia que seis mil de los siete mil millones que habitamos el planeta expresa creencias en la trascendencia, de muy diversas maneras.

Es por lo tanto un campo de la vida en sociedad que merece ser estudiado como tantos otros y en mi caso ser estudiado en perspectiva sociológica, no confesional, como fenómeno humano.

En los últimos meses, motivado por la pandemia, muchas personas se han replanteado sus creencias y/o prácticas religiosas. ¿Cuál es tu valoración de este fenómeno? ¿Será una tendencia que se consolidará más allá de la COVID-19?

Todavía no tenemos información fidedigna de cómo ha afectado este tiempo de pandemia la vivencia de lo religioso. Precisamente en estos momentos se están haciendo varias encuestas en diversos países de América Latina sobre el asunto. Pero sin duda ha habido cambios, desde el hecho de suspenderse celebraciones religiosas presenciales en todos los grupos religiosos.

Quizá sea muy emblemático ver a un Papa absolutamente solo en la plaza de San Pedro en una Semana Santa. Creo que esas imágenes fueron muy potentes.

O sea, por un lado, todo lo relativo a la ausencia de presencialidad y el recurso de trasladar muchas propuestas y actividades a lo virtual, desde las propias celebraciones hasta otros recursos como retiros on line, videos, cadenas de WhatsApp, etc. Esto ha cambiado mucho. No sabemos si el cambio será permanente o si tras la futura desaparición de la pandemia volverán a expresarse de la misma forma que antes.

Por otra parte, se encuentra todo lo relativo a las preguntas personales por el sentido de lo que se vive, las angustias generadas por la pandemia, que son de variado tipo, en algunos casos fallecimiento de amigos y familiares, en otros angustias y ansiedades de la reclusión; en otros, angustias por el impacto económico-social, con la pérdida de fuentes de ingreso en los sectores de población más vulnerable. Dicho sea de paso, la pandemia aumentará sensiblemente el número de pobres en muchos lugares del mundo. En América Latina eso está muy claro.

Y finalmente también las búsquedas que se han dado para el cultivo de la interioridad y la espiritualidad en momentos de diversas formas de aislamiento social.

Lo religioso se viene transformando hace ya largo tiempo, de diversas maneras, en todo el mundo. La creciente desinstitucionalización religiosa, la autonomía de las personas, de los individuos en la composición de sus universos de creencia llevan ya un tiempo largo de proceso. ¿La pandemia acentuará estas tendencias? No lo sabemos. Lo estamos empezando a investigar y será necesaria mucha investigación social para la post pandemia.

¿Qué aconsejarías a las y los Alumni de la Universidad de Deusto a la hora de afrontar el fenómeno religioso en el marco de sus carreras profesionales?

Les diría que todos necesitamos conocer “otras aguas” o sea abrirnos a conocer como los demás viven, buscan, expresan y también niegan lo religioso. Es parte de la vida de la humanidad y da sentido a millones de personas. A veces lo juzgamos desde nuestra perspectiva particular pero es mucho más rico y humanizante acercarnos al fenómeno para conocer sus aportes, sus perspectivas, sus búsquedas.

La recomendación básica para un universitario es la de no prejuzgar, la de conocer, comprender, entender este fenómeno como se hace con cualquier otro hecho social. En definitiva, nuestro paso por la Universidad (como institución) y por Deusto en particular, debiera ayudarnos a tener miradas más amplias, menos simplistas de la realidad social y dentro de ella de lo específicamente religioso y espiritual.

¿Qué recuerdos guardas de tus años como estudiante de doctorado en Deusto?

Guardo muchos recuerdos en mi corazón. Euskadi es mi segunda tierra, disfruté de ella, tengo allí amigos entrañables que lo son ya para toda la vida y vuelvo cuando puedo.

Un recuerdo sobre la propia Bilbao (tengo en casa un mapamundi, como en broma se suele decir) es su propia transformación de aquella ciudad que conocí a la que es hoy. En los tiempos de mi vida por allí, entre otras cosas, vi construir el Guggenheim y recuerdo haber viajado en el viaje inaugural del Metro de Bilbao. Recuerdo que fue el 11 de noviembre de 1995.

Recuerdo la vida universitaria, los días enteros en la sala para los doctorandos. Los compañeros y compañeras con quienes compartí varios cursos; la buena acogida que profesores y el personal administrativo de Deusto me dieron. Las materias que fui a cursar a la ESTE, en Donostia. También reuniones en las casas de los estudiantes internacionales y las canciones de cada país que escuchábamos y cantábamos. En América Latina las reuniones y festejos son en las casas, allí aprendí que eso raramente se daba en Euskadi y todo se hacía en bares, tabernas, etc. Otra forma, “otra agua”.

Recuerdo los nervios de la defensa de tesis.  Recuerdo el zirimiri y la lluvia, mucho más frecuente que en Uruguay. Las txapelas, el Athletic, las tascas, el carnaval vivido con los compañeros de Chile y Brasil, las sidrerías en Hernani. La buena gastronomía vasca.

En fin, los recuerdos son todos más que gratos y son parte no solo de mi formación profesional sino también de mi formación humana.

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